Conoce la historia de la bebita prematura más joven de la historia: ¡21 semanas y 6 días!

Conoce la historia de la bebita prematura más joven de la historia: ¡21 semanas y 6 días!

Ella se llama Amalia Taylor y casi podríamos decir que no debería estar aquí. Y no lo digo porque no lo merezca, sino porque nació a solo 21 semanas, 6 días de su gestación y todos los médicos diagnosticaron que no podría sobrevivir.

Amalia es la bebita prematura más joven del mundo que ha sobrevivido y la imagen de sus pies pequeños que sobresalen entre los dedos de un médico se fue utilizada para apoyar las peticiones sobre reducir el límite legal de 24 semanas para el aborto.

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Cuando Amalia llegó, pesó menos de 280 gramos y apenas medía 20 centímetros de largo, y su piel se rompía como si fuese papel de arroz.

Pero el milagro de Amalia inicia (por así decirlo), con una mentira.

La extraordinaria historia de su lucha por la vida, y la madre que desesperadamente mintió a convencer a los médicos para tratar de salvarla, se inició con un ciclo de FIV en junio de 2006.

La maestra Sonja Taylor, casada con Eddie, el amor de su infancia, había soñado durante mucho tiempo con ser mamá. La pareja, se casó en marzo de 1994, pasó años ahorrando para una casa de famillia numerosa y para financiar los tratamientos de fertilidad.

Sonja, recuerda: "Yo nunca había ovulado correctamente y los dos sabíamos que íbamos a necesitar un tratamiento de fertilidad si acaso alguna vez queríamos ser padres. Planificamos todo nuestro futuro, trabajamos duro en nuestros veintes, y luego iniciamos nuestro tratamiento de fertilidad en los treintas”.

“Iniciamos nuestro primer ciclo de FIV a principios de 2006, pero ambos supimos inmediatamente que no iba a funcionar. Nada se sentía bien. Los embriones implantados en mi vientre fallaron, pero un par de embriones sobrantes habían sido congelados y almacenados”.

“Fue desesperante desear tanto un bebé y después ver que todas las mujeres que me rodeaban ya estaban embarazada. Solía cerrar los ojos e imaginar cómo sería sostener a mi propio bebé en mis brazos. Pero después de que nuestro primer ciclo de FIV falló, Eddie soñó una noche a una niña trepando sobre nuestro sofá y tirando de las cortinas. Fue tan real que, dice, podía ver su carita. Cuando me despertó y me lo contó, nos abrazamos. Estábamos seguros de que era la señal de que tendríamos a nuestro propio bebé”.

El 12 de junio de 2006, la pareja regresó al hospital cerca de su casa en Miami, Florida, para que le implantaran los embriones congelados restantes. Dos semanas más tarde, una prueba de embarazo mostró una delgada línea azul.

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Sonja señaló: "No podía dejar de temblar. Cuando le dije a Eddie que estaba embarazada, él no me creyó. Insistió en que fuéramos juntos al doctor y me hicieran una prueba oficial. Cuando el médico confirmó la noticia, nos alegró muchísimo”.

El bebé iba a nacer el 4 de marzo de 2007, pero, desde el principio, el embarazo estuvo plagado de problemas.

Un análisis mostró un coágulo de sangre a un lado de la bebita, dentro del vientre de su madre, y que le provocó un sangrado que la mandó 2 semanas a la cama.

Sonja relata: "Cuando tenía 18 semanas de embarazo, me sentí enferma e incómoda. Eddie me llevó al hospital a las 11 pm y una ecografía reveló que había iniciado un parto prematuro. Yo sabía que la bebita no tendría ninguna posibilidad…”.

Afortunadamente, las contracciones se detuvieron y la enviaron de vuelta a casa 24 horas más tarde y le ordenaron un estricto reposo en cama. Sonja apenas se atrevía a moverse. Pero a las 19 semanas, nuevamente comenzó a sentirse mal. Con una fuga de fluido regresó al hospital a las 3 am.

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Los médicos del Hospital Infantil Bautista en Miami descubrieron que Sonja estaba completamente dilatada, poniéndolas a ambas en peligro de una infección.

Los médicos le indicaron que intentarían mantener al bebé dentro de ella el mayor tiempo posible. Entonces inclinaron su cama lo suficiente para que sus piernas y la pelvis estuvieran elevadas.

Fue a la mañana siguiente, cuando los pediatras escanearon el feto de Sonja, que tomó la decisión de mentir para darle una oportunidad de sobrevivir a su bebita.

Sonja dice: "Eddie y yo no habíamos dormido, estábamos tan preocupados. Ambos sabíamos que legalmente, en la Florida, los doctores ni siquiera intentarían revivir a nuestro bebé antes de las 24 semanas.

"Estábamos aterrorizados porque yo no sería capaz de mantener a nuestro hijo por otras cinco semanas. El médico entró para hacer una exploración, y comentó que había quedado muy poco líquido amniótico”.

“Luego me preguntó en qué semana del embarazo me encontraba, y yo sinceramente respondí que eran 19 semanas. Miró a las pruebas del escaneo y señaló que el bebé era demasiado grande para tener 19 semanas, y concluyó que las fechas debían estar equivocadas, que el bebé debía tener al menos 21 semanas"

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"Eddie me miró desde el otro lado de la habitación y leí su mente en un instante. Me di cuenta de que, si los médicos creían erróneamente que ya tenía 21 semanas de embarazo, entonces lucharían por salvar a mi bebé tan pronto como pensaran que ya tenía 24 semanas”.

"Fue la primera mentira que jamás había dicho en mi vida, pero yo sabía que podría ser la diferencia entre la vida y la muerte”.

A partir de ese momento, los médicos creían que el embarazo de Sonja estaba dos semanas más avanzada de lo que realmente estaba. Pero todavía le faltaban unas tres semanas de angustiosa espera para que los médicos lucharan por salvar a su bebé si ella daba a luz.

Pero nueve días después, Sonja había desarrollado una infección. Le dolía el estómago y tenía temperatura. Los médicos le habían comunicado que ellos harían que su bebé naciera a la primera señal de cualquier infección, y por eso decidió guardar silencio, a pesar de estar arriesgando su vida y la de su bebita.

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Sonja solicitó a las enfermeras que fueran su marido y su madre quienes se encargaran de lavarla y cuidarla. Su “conspiración” llegó a tal grado que su madre le contrabandeó ibuprofeno para que lo tomara a escondidas y pudiera disimular la fiebre que tenía por la infección.

Eddie y su mamá le daban baños de esponja para enfriarla cada vez que las enfermeras entraban para tomar su temperatura: "En realidad, me sentía cada vez peor. Yo sólo debía mantener la “pretensión” hasta alcanzar la etapa en que los médicos reanimarían a la bebita. Por último, cuando alcanzó las 21 semanas y seis días, sabía que necesitaba tratamiento”.

Cuando un médico y una enfermera entraron a su habitación, Sonja les preguntó si salvarían a su bebita en caso de que naciera en ese momento y el doctor, después de revisar el expediente, le confirmó que la salvarían dado que ya tenía 23 semanas y seis días.

"Le hice prometerlo, y cuando lo hizo, le dije que era necesario que me examinara porque creía que tenía una infección".

El médico miró mi cuello uterino y un tanto alarmado llamó a la enfermera para que viera: podían ver los pies de Amillia sobresaliendo del canal de parto.

"El médico pidió ayuda y la llevaron a la sala de operaciones. Le practicaron una cesárea inmediata, porque el médico no quería que el bebé sufriera el trauma de un parto natural.

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A medida que el médico iniciaba la cesárea, les comunicaron que esperarían para ver si el bebé respiraba, o mostraba algún signo de que quería sobrevivir antes de que se decidieran a actuar. Era tan pequeña, que ni siquiera podía encontrarla en el vientre de la madre: ¡Estaba atrapada en el canal del parto!

La piel de Amillia era tan frágil que su oído se rasgó casi completamente cuando la levantaron. Uno de sus ojos todavía estaba fusionado, apenas medía 20 centímetros de largo y pesaba menos de 280 gramos, el equivalente a dos barras de jabón. Pero increíblemente, su boca se abrió y ella intentó llorar.

La pusieron sobre una mesa resucitadora y el médico llamó a Eddie para comunicarle que la bebita está intentando respirar, se movía, y tiene una buena frecuencia cardíaca. Entonces le preguntó a Eddie qué quería hacer y el nuevo papá respondió: “Haz lo que puedas para mantenerla viva”.

Pasarían siete días antes de que Sonja pudiera ver debidamente a su hija. Después de haber encubierto los síntomas de una infección por tanto tiempo, ahora estaba gravemente enferma y necesitaba antibióticos intravenosos y reposo en cama.

Los médicos, pensando que la bebita tan sólo tenía 24 semanas advirtieron a sus padres que debían esperar lo peor. La pusieron en una incubadora, con plástico de burbujas para mantenerla caliente.

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Sonja relata: "Eddie se sentó a su lado, hablando con ella y simplemente deseando que sobreviviera. Suena increíble, pero los dos pensamos que saldría adelante. Elegimos el nombre Amillia porque significaba guerrera en latín.

Cuando Sonja finalmente pudo ver a su bebita no podía creerlo: "Yo estaba tan sorprendida, porque su piel era tan transparente que podía ver a través de ella. Podía ver las venas en los brazos, las manos y las piernas; y yo podía ver sus pulmones mientras se movían. La mano de Amillia era del tamaño de la uña del pulgar y su pierna del mismo largo que el dedo meñique.

Los médicos no podían creer la confianza que Sonja presentaba. Una enfermera incluso sugirió que le dieran asesoramiento psiquiátrico. Pero su instinto maternal le decía que la bebita podría sobrevivir.

Pero muchos problemas vendrían, Amillia sufrió una hemorragia cerebral, se sacó el tubo de ventilación seis veces, hasta que finalmente sus propios pulmones pudieron respirar por sí mismos.

Por un mes completo no pudo ver la carita de su hija, que estaba llena de tubos. Pero cuando finalmente se los removieron, Sonja notó que la bebita era un fiel retrato de su Eddie: “ella era más hermosa de lo que podía haber imaginado”

Por instrucciones médicas, Sonja no pudo cargar a Amillia en sus brazos hasta que alcanzó los 340 gramos

Un mes después los médicos comenzarían a hacerle preguntas sobre la edad de la bebita y se enterarían de la “conspiración”. Amillia no reaccionaba como un típico bebé con gestación de 24 semanas. Al parecer, los bebés rara vez se mueven, sin embargo Amillia siempre se agitaba los brazos y las piernas.

Cuando Sonja confesó que la bebita nació a solo 21 semanas y seis días no le creyeron. Pero revisaron las fechas de su fecundación in vitro y no les quedó de otra más que aceptarlo. De haberlo sabido, nunca hubieran intentado salvarla.

Amillia dejó el hospital con sus padres el 21 de febrero de 2007, 11 días antes de su fecha de gestación normal. Todavía necesita oxígeno y medicina para el asma dado que sus pulmones son muy frágiles.

Los médicos le advirtieron que era probable que presente problemas de desarrollo, pero Amillia ya estaba sonriendo un mes después de llegar a casa.

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